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Psicólogo Clínico, Psicodramatista, Terapeuta Familiar y de Pareja.

Ps. Juan Facundo Barrios

¿Cuándo es necesario tratar la ansiedad?

El miedo y la ansiedad son parte de la vida. Puede sentirse ansioso antes de presentar una prueba o al caminar por una calle oscura. Este tipo de ansiedad es útil – puede permitirle estar más alerta o ser más cuidadoso; moviliza recursos y suele terminar poco tiempo después de que salga de la situación que la provocó. Pero, para muchas personas, la ansiedad no desaparece y empeora con el tiempo sin causas aparentes y se expresa como una opresión o dolor en el pecho, pesadillas, taquicardia, sudor en las manos o una sensación de que algo va o puede pasar pronto; en en algunos casos, puede incluso provocar miedo de salir de casa, por ejemplo. En esos casos la ansiedad se convierte en un problema y requiere un tratamiento que puede incluir una psicoterapia, el uso de fármacos, o ambos. Los trastornos de ansiedad se dividen en:

Crisis de pánico
La Crisis de pánico ocurre cuando se tiene sensaciones repentinas de terror sin un peligro aparente. La persona puede sentir como si estuviera perdiendo el control y puede presentar síntomas físicos, tales como:

  • Latidos rápidos del corazón(taquicardia)
  • Dolor en el pecho o en el estómago
  • Dificultad para respirar
  • Debilidad o mareos
  • Transpiración
  • Calor o escalofríos
  • Hormigueo o entumecimiento de las manos

Los ataques de pánico pueden ocurrir en cualquier momento, en cualquier lugar y sin previo aviso. La persona puede tener miedo de otra crisis y evitar los lugares en los que sufrió una crisis anteriormente. En algunos casos, el miedo domina su vida y no pueden salir de sus casas.

El trastorno de pánico es más común entre las mujeres que entre los hombres. Suele comenzar entre los adultos jóvenes. Algunas veces comienza cuando una persona se encuentra sometida a mucho estrés. La mayoría de las personas mejora con el tratamiento. La terapia puede demostrarle cómo identificar y cambiar los patrones de pensamiento antes de que lo conduzcan al pánico. Las medicinas también pueden serle de ayuda.

Fuente: NIH

 

Trastorno obsesivo-compulsivo

Las personas con trastorno obsesivo-compulsivo (TOC), tienen pensamientos repetidos y angustiantes denominados obsesiones. Con el fin de intentar controlar estas obsesiones, las personas con TOC sienten una necesidad imperiosa de realizar rituales o comportamientos, llamados compulsiones.

Algunos ejemplos de obsesiones son el miedo a los gérmenes o el miedo a lastimarse. Entre las compulsiones se incluye lavarse las manos, contar, revisar una y otra vez las cosas o limpiar. Esos ritos y pensamientos interfieren en sus vidas diarias.

Los investigadores piensan que tal vez los circuitos cerebrales no funcionen adecuadamente en las personas con TOC. Esta condición tiene una tendencia familiar. Con frecuencia, los síntomas comienzan en la infancia o la adolescencia. Los tratamientos incluyen terapia, medicamentos o una combinación de ambos. Un tipo de terapia llamada terapia de comportamiento es especialmente útil para tratar esta condición.

Fuente: NIH

Trastorno de estrés postraumático

El trastorno de estrés postraumático (TEPT) es una enfermedad real. Puede sufrir de TEPT luego de vivir o ver eventos traumáticos como la guerra, huracanes, violaciones, abusos físicos o un accidente grave. El trastorno de estrés postraumático hace que se sienta estresado y con temor luego de pasado el peligro. Afecta su vida y la de la gente que le rodea.

El trastorno de estrés postraumático puede causar problemas como:

  • Flashbacks o el sentimiento de que el evento está sucediendo nuevamente
  • Dificultad para dormir o pesadillas
  • Sentimiento de soledad
  • Explosiones de ira
  • Sentimientos de preocupación, culpa o tristeza

El TEPT comienza en momentos diferentes dependiendo de la persona. Los síntomas de trastorno pueden empezar inmediatamente después del evento traumático y permanecer. Otras personas desarrollan síntomas nuevos y más serios meses o hasta años más tarde. El trastorno de estrés postraumático le puede afectar a cualquiera, incluso niños.

El tratamiento puede incluir terapia de conversación, medicinas o una combinación de ambas. El tratamiento puede tomar de seis a 12 semanas. Para algunas personas, puede ser más largo.

Fuente: NIH

 

Fobias

Una fobia es un temor fuerte e irracional de algo que representa poco o ningún peligro real.

Existen muchos tipos de fobias. La acrofobia es el temor a las alturas. La agorafobia es el temor a los lugares públicos y la claustrofobia es el temor a los espacios cerrados. Si se siente ansioso e inseguro de las situaciones sociales cotidianas, usted podría tener una fobia social. Otras fobias comunes incluyen los túneles, conducir en autopistas, el agua, volar, los animales y la sangre.

Las personas con fobias intentan evitar lo que les provoca miedo. Si eso no es posible, pueden sentir:

  • Pánico y miedo
  • Taquicardia, cuando el corazón late muy rápido
  • Falta de aire
  • Temblores
  • Un fuerte deseo de huir

En general, las fobias comienzan en la niñez o en la adolescencia y continúan durante la edad adulta. Las causas de las fobias no se comprenden bien todavía pero sí se sabe que a veces pueden ser hereditarias.

El tratamiento ayuda a la mayoría de las personas con fobias. Entre las opciones se encuentran medicamentos, psicoterapia o ambas.

Fuente: Medline Plus

 

Trastorno de ansiedad generalizada

¿Se siente extremadamente preocupado por todo lo que le pasa en la vida, aunque tenga poca o ninguna razón para estarlo? ¿Se siente muy ansioso con lo que tiene que lidiar durante el día? ¿Tiene miedo de que todo siempre salga mal?

Si es así, puede ser que tenga un trastorno de ansiedad llamado trastorno de ansiedad generalizada.

Fuente: NIMH 

Algunas reflexiones con respecto a la Violencia Contra la Mujer

La señora Rosa tiene en la actualidad 65 años, es una mujer con una presencia fuerte, robusta, con una mirada gris y cierto pesimismo que destella en su mirada y de cada uno de sus movimientos. Proviene de una familia de cinco hijos quiénes comparten un secreto a voces, algo que todos sabían pero que nadie nombró: algunas noches debían huir de la casa para que no los viera ni los tocara su propio padre. La señora Rosa tiene poca educación formal, mucha rabia y pocos ingresos (su esposo no la deja trabajar), mucha soledad y ningún amigo o vecino en quién confíe. A los 7 años su padre la mandó a trabajar en una casa particular, cuidó niños, hizo el aseo, planchó ropa; se ocupó de un hogar ajeno durante años. Luego se fue a Santiago: huyó del Sur, se casó sin estar enamorada para cerrar una etapa de su vida: una infancia signada por el maltrato infantil, la violencia doméstica, el miedo y el aislamiento.

Don Manuel, su esposo, proviene de una familia similar: una familia de 5 hijos con antecedentes de violencia intrafamiliar y maltrato infantil severo, trabaja de noche, bebe y, cuando tenía un diferendo con su mujer le pegaba. Ha llegado a desfigurar su rostro con los puños, la ha insultado, la ha violado cuantas veces ha querido hasta que, finalmente, Rosa lo denunció; de ahí en adelante, “sólo” la denigra constantemente con burlas, insultos y sarcasmos.

Rosa ya no da más; llega al Centro de Salud Familiar (CESFAM) con mucha culpa, miedo, ansiedad, cambios frecuentes y abruptos de ánimo, presenta ideación suicida; refiere tres intentos de suicidios, dolores musculares, somatizaciones varias.

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La violencia a la que se ha visto expuesta la señora Rosa desde su matrimonio (hace 45 años) tiene su origen en nuestra cultura, en nuestra forma de vivir y de relacionarnos entre hombre y mujeres: se relaciona específicamente con un problema de género. Considerando el aspecto transgeneracional del caso podemos apreciar que su raíz se encuentra también mezclada a la dinámica íntima del hogar. En este sentido, la señora Rosa sufrió en su familia de origen Violencia Intrafamiliar (VIF) pero, al casarse y pasar a ser ella la única víctima en su familia actual podemos afirmar que ahora lo que vive es Violencia Doméstica (VD). La diferencia radica en quiénes son las víctimas: ¿únicamente la mujer de la casa?: VD; ¿Incluye otros miembros de la familia tales como niños y ancianos?: VIF. Sea como fuere la violencia es siempre en estos casos un abuso de poder:

Distribución de la VD por tipos

Distribución de la VD por tipos, (SERNAM, 2001)

 

    1. Abuso Físico: corresponde a situaciones violenta de carácter físico. Ejemplo de ello son las siguientes acciones: sacudir violentamente una persona, darle bofetadas, doblegarla a golpes, estrangularla, quemarla, amenazarla con un cuchillo o una pistola, etc.
    2. Abuso Sexual: ocurre cuando se obtiene sexo por medio de amenazas, por fuerza física y sin consentimiento (violación). El abuso sexual es usado también para manipular a la víctima o para intimidarla; ocurre también cuando se fuerza a la pareja a tener relaciones sexuales ante terceros o con otras personas, etc.
    3. Abuso Psicológico: es el tipo de violencia más frecuente; según muchas pacientes de este CESFAM es el que provoca el mayor daño ya que, como nos refieren en sesión, la lesión física es externa, las palabras no: dejan su huella en la subjetividad de la víctima. En este sentido, las palabras, se quedan. El abuso psicológico ocurre con agresiones verbales, menosprecio, humillaciones o cuando la víctima es intimidada mediante la destrucción de objetos de la casa o a través del maltrato de los hijos o de una mascota. También ocurre cuando el maltratador, aísla su víctima, la desvincula de su contexto tratándola como un objeto para su “goce” exclusivo; muchas veces se da en una dinámica de celos y/o control excesivo.
    4. Abuso Económico: implica dominar mediante el dinero; controlar los ingresos, usar los ingresos de la familia de manera discrecional, dominar la toma de decisiones financieras, no contribuir en los ingresos de la familia, controlar/impedir el acceso a la salud, el empleo etc. de su víctima.
    5. Abuso con los Hijos: corresponde al abuso físico y sexual de los niños, en muchas ocasiones implica tomar los hijos como rehenes, manipular con juicios de custodia, usar a los hijos para controlar la víctima adulta.

Analizado desde una perspectiva ecológica, la violencia intrafamiliar o doméstica es el resultado de un cruce de interacciones que favorecen, gatillan y legitiman su ocurrencia:

– A nivel individual: un bajo nivel escolar, tener menos de 25 años, haber presen- ciado la violencia de su propio padre en contra de su madre, vivir en un área urbana y estar ubicada en un nivel socioeconómico bajo aumenta el riesgo de ser víctima de violencia.

– En el Entorno Directo, se suele favorecer o legitimar el control del presupuesto familiar por parte del hombre y la toma de decisiones unilaterales y se suele observar conflictos maritales frecuentes.

– En la Comunidad, por omisión o por acción directa, la comunidad aísla a la mujer, reduce su capacidad de movimiento y se le entrega un red de apoyo precaria. Asimismo, suele ser un espacio microsocial que legitima o justifica la violencia de los hombres.

– Finalmente, a nivel de la sociedad y de la cultura, los roles de género se definen en forma rígida e impositiva; el concepto de masculinidad se vincula con el honor del “macho” y se valida la violencia como un medio para resolver los conflictos interpersonales y perpetuar el concepto de mujer como propiedad.

Enfoque Ecológico de la VD, OMS, 2005
Enfoque Ecológico de la VD (OMS, 2005)

En cuanto a los efectos, estos se pueden categorizar en función de su desenlace:

  • Con consecuencia de muerte: homicidios, suicidios, muerte materna, muertes por HIV, principalmente; y,
  • Sin consecuencia de muerte: secuelas físicas o mentales, conductas de riesgo, problemas de salud reproductiva, estabilidad económica, embarazo Indeseado, ETS, entre otros.

Sin embargo, en la mayoría de los casos los efectos de la Violencia son más solapados o disfrazados: aparecen en la consulta médica como dolores musculares, lumbares o del cuello; como cefaleas o como problemas funcionales (cólon irritable por ejemplo); en la consulta de la nutricionista están muchas veces a la base de una incapacidad de bajar de peso por exceso de ansiedad o problemas de autoestima que socavan los esfuerzos dietéticos; en la consulta del psicólogo aparecen como dudas diagnósticas en torno a episodios recurrentes de depresión sin causa clara o trastornos de ansiedad “mudos”: sin palabras, acallados por la vergüenza. En todos estos casos, dependerá del profesional de turno la identificación de la causa raíz de estos diferentes síntomas dispersos en la ficha clínica de la paciente; será en muchas ocasiones una mayor preocupación o cercanía con la paciente, una escucha más atenta a sus dichos, a sus comportamientos o a sus silencios lo que permitirá reconocer poco a poco los indicios este fenómeno de alta prevalencia.

Prevalencia Nacional, SERNAM, 2001
Prevalencia Nacional, (SERNAM, 2001)

Prevalencia: se observa en el CESFAM VOH una prevalencia similar a la nacional; sin embargo, en la proporción o distribución de los tipos de violencia al interior de las familias se observa que existe una relación inversamente proporcional entre nivel socioeconómico y la ocurrencia de eventos violentos; la misma situación ocurre con el nivel educativo. Lo anterior constituye una clara muestra de inequidad de género y provoca un conjunto de otras inequidades: mermas en el desarrollo, problemas de estudio (bajo nivel de estudio), baja capacidad de trabajo, bajo nivel socioeconómico, reducida participación en la sociedad producto del aislamiento etc. Es la Salud global de la mujer la que se desgañita cada vez que es golpeada y, como consecuencia de aquello es nuestra sociedad la que paga los costos directos o indirectos de aquello (sean estos de carácter más tangibles o no).

Para muchas mujeres del CESFAM la sola condición de ser mujer define un conjunto de eventos y situaciones cotidianas de sus vidas y en diferentes dimensiones. Una de ellas destaca especialmente: su subjetividad, su conciencia de mujeres como seres oprimidos y sin salida. Desde esta “posición subjetiva” se teje una identidad que tiene muchas veces rasgos dependientes, baja autoestima y una reducida o nula participación ciudadana o política. Así, constituyen un reto para quiénes la atienden en el consultorio cuando la causa raíz se encuentra en los malos tratos de sus esposos: aparecen la vergüenza, la sensación de ser rehén de su pareja, el miedo a la represalias y, por cierto, síntomas recurrentes que llevan a veces al médico a seguir durante años un tratamiento sintomático sin lograr dar con los hechos de violencia que provocan el síntoma.

Dimensiones de análisis del Costo de la Violencia (OMS, 2005)
Dimensiones de análisis del Costo de la Violencia (OMS, 2005)

A la luz de estas evidencias es posible afirmar que la Violencia contra la mujer es un problema de salud pública relevante cuya comorbilidad conlleva costos elevados tanto en términos económico como a nivel social y de Salud Pública. Son vidas que se postergan, familias que reproducen esquemas de relaciones violentos, profesionales saturados por “síntomas recurrentes”. El propio modelo médico que aún impera en muchos lugares de atención tiende a invisibilizar este fenómeno y lo “promueve” involuntariamente por falta de información o capacidad de diagnóstico. Con ello, el impacto de esta violencia trasciende la contingencia de su ocurrencia y se extiende a otras generaciones.

Considerando lo anterior, es posible afirmar que el tratamiento de la VIF o de la VD implica para el sector Público de la Salud una estrategia de carácter multisectorial que permita intervenir el problema desde su “ecología”, es decir, desde los múltiples niveles de relación en los que se gesta. Para ello, es necesario desarrollar primero datos confiables que den cuenta de dicho contexto desarrollando pautas de detección simples y concretas que permitan hacer un sreenning de la situación. Junto con ello se requieren estudios específicos de las realidades de las poblaciones de los CESFAM. Aquello porque la escasez de datos acerca de la prevalencia de la VIF y de sus modos de expresión limita nuestra comprensión de la misma (OMS, 2005) y redunda en dificultades de diseño de los programas de intervención1. Por ende, es necesario elaborar estrategias para obtener datos y monitorizar el estado de nuestra población en esta materia. Al respecto, el estudio realizado por la OMS sobre Violencia Doméstica podría servir de guía si se considera que la OMS entrega las bases para replicar estos estudios en las localidades que se quiera investigar y permitiría generar datos comparables con otras regiones del orbe.

Junto con la generación de este modelo transversal/preventivo de detección activa de la Violencia en los hogares es necesario visibilizar los resultados y capacitar a los profesionales de la salud pública en esta temática. Dicha “visibilización” debe incluir los diferentes niveles de la población para crear conciencia y sensibilidad ante este tema; es necesario “desnormalizar” esta Violencia; se debe promover una “desconstrucción de géneros” que dé lugar a un trato más equitativo entre hombres y mujeres. Para ello, la intervención comunitaria es sin duda fundamental a la vez que permite fortalecer las redes de apoyo y transformarlas de este modo en factores protección.

Finalmente, todo aquello no podría realizarse sin una voluntad política que ampare estos esfuerzos; sin duda, los compromisos adquiridos en las convenciones internacionales son un apoyo que promueve la elaboración de políticas públicas al respecto. De hecho, tanto el SERNAM como el MINSAL o la UNICEF están abogados a cumplir los mandatos o sugerencias de los compromisos adquiridos en dichas convenciones. En este sentido, y a modo de conclusión, se puede decir que existe un terreno fértil para la intervención de la violencia pero que, dichas intervenciones requiere también de quienes trabajamos a diario en Salud Pública. Es necesario un cambio de ‘switch’ en esta materia a efecto que nuestra labor diaria no ampare esta Violencia por falta de proactividad o información.

La tiranía de los promedios

En su Informe Trimestral de Empleo del mes de Junio el Centro de Microdatos de la Universidad de Chile determinó que el ingreso mensual promedio de los trabajadores del Gran Santiago, alcanza los 540 mil pesos. Destaca en dicho informe que un 20% de la muestra encuestada reporta ingresos mensuales superiores a este promedio siendo que, por otro lado, el 50% del total se ubica bajo dicho promedio. Dichos resultados son sin duda llamativos y preocupantes y grafican las grandes paradojas que vivimos en Chile en momentos donde estamos ad portas del alcanzar el tan mentado desarrollo. Por otro lado, cabe preguntarse cuál será el ingreso mensual promedio de quienes no son representados en estas cifras por no tener un contrato formal y dentro de los cuales encontramos a quienes viven en carne propia y de forma cotidiana la realidad de tener que alimentarse con 2 mil pesos diarios. Si bien estas personas cuentan ahora con un libro de cocina -proveído por el Estado- para poder hacer una gestión eficaz de su miseria, queda pendiente poder conocer estas cifras y describirlas ya no en términos de promedio sino a la luz de otros indicadores que permitan dar cuenta de las brechas de equidad que han ido creciendo en nuestro país en los últimos 20 años.

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Estos resultados “locales” que nos entrega el Centro de Microdatos hacen eco a una situación mundial que se ha ido agudizando y que permite que, en la actualidad, y producto del modelo social y económico vigente, el decil más rico del planeta posea el 85% del capital mundial mientras la mitad de toda la población mundial se reparte el 1% de este mismo capital. Considerando las consecuencias socioeconómicas, culturales y de salud que genera, aquello representa un claro ejemplo de una desigualdad insultante cuyas consecuencias en términos de inequidad son fácilmente deducibles si se considera que el dinero regula en muchas ocasiones el acceso, la frecuencia y la calidad del acceso al “desarrollo”, a la “modernidad”, a la salud, la educación y el ejercicio pleno de las libertades básicas de cualquier ser humano. En América Latina, la situación no es diferente toda vez que, a pesar de los avances a nivel macroeconómico se observa a nivel interno una enorme brecha social que ha ido agudizándose con el correr de los años: a modo de ejemplo, baste con señalar que la desigualdad en la distribución de ingresos se ha ido agudizando desde una relación de 30 a 1 a favor del quintil con mayores ingresos en 1960 a una relación 74 a 1 para el año ’97 a favor del mismo quintil (Sen, A.; Kliksberg, B. 2007). Estos datos sugieren que conforme el paso de los años los países han avanzado en términos promedio con diferencias internas abismantes y con una polarización interna a cada vez más fuerte. Lo que opera entonces es una dinámica de intercambios económicos y sociales que producen diariamente más y más inequidad: por un lado los países que avanzan lo hacen en términos promedio y, por otro, a nivel interno la mayoría de ellos involuciona y las brechas sociales se acrecientan. En este sentido, es posible afirmar que los análisis estadísticos de tendencias centrales han invisibilizado la realidad de millones de personas que experimentan la violencia de la exclusión, la agudización de las brechas sociales, la precarización de sus empleos y el deterioro de su salud mental; en suma: desigualdades e inequidades a cada vez más marcadas y a cada vez menos soportables.

Considerando lo anterior parece urgente reflexionar acerca de lo que estamos dispuestos a poner en juego en pro del desarrollo de modo que éste sea reflejo de un crecimiento a escala humana y no el producto de ecuación numérica descarnada. Tal como sugiere Pakman, es necesario mantener un componente reflexivo en nuestra práctica diaria como psicólogos a efecto de poder mantener el foco en las personas y sus necesidades más allá de las practicas discursivas que regulan nuestro operar y transforman muchas veces a dichas personas en objetos de un determinado “procedimiento” o protocolo de acción sin considerar su realidad, necesidades y códigos propios. Es necesario entonces (re)pensar nuestra propia práctica profesional desde una lógica de equidad que promueva por ende mayores grados de justicia social. Sin embargo, antes de aquello es necesario reconocer y enfrentar los dilemas que nos plantea a diario la ideología de la salud sin caer en sus tentaciones y estando conscientes de sus huellas sutiles en las filigranas de nuestra conciencia.

En concreto no podemos olvidar y es de hecho necesario poner de relieve que el ejercicio de la psicología clínica en Chile es en sí mismo una práctica profesional que responde de modos diferentes a los requerimientos de las personas en función del estrato social al cual pertenecen. Baste con señalar las diferencias abismantes que existen por ejemplo entre la Salud Pública y la Privada tanto en términos de acceso como en calidad de atención pero también en lo referente al grado de especialización de sus profesionales y de los ingresos que percibimos por hora dependiendo del sector (público o privado) donde nos desempeñemos. En este sentido, si no queremos operar ciegamente, haciendo ‘todo los cambios posibles dadas las circunstancias’ logrando, de este modo, que todo siga igual, debemos entonces apuntar a los determinantes estructurales del sistema de libre mercado que produce como una parte central de su funcionamiento grados crecientes de polarización, pobreza, vulnerabilidad y exclusión. Y, justamente el problema es que estos “determinantes estructurales” no se encuentran concentrados en alguna maquinaria perversa que represente a una suerte de entidad externa concreta, al contrario, se encuentran diseminados y se expresan en los modos en que significamos nuestra práctica profesional, en los modos en que entendemos al sujeto y sus dolencias y en la manera en que definimos y delimitamos la naturaleza, los propósitos y focos de nuestras intervenciones. Para ello, parece sensato escuchar lo voz, el relato y las vivencias de quienes serán o son el objeto de nuestro quehacer y quedan, sin embargo, muchas veces silenciados en cifras y porcentajes que no dan cuenta de aquello. Estamos hablando de historias de vida, de relatos de lucha, crónicas personales que dan cuenta de cómo se vive o sobrevive en determinados contextos y permiten dar sentido a la cifra estadística. Estamos hablando por ejemplo de la realidad concreta de la Violencia Intrafamiliar, de los relatos de vida de los Migrantes, de todos estos logros y fracasos, dolor y alegrías que permiten producir y usar la evidencia científica de un modo adecuado. Estamos hablando, finalmente, de una mirada más sensible a las personas y sus relaciones, que reconoce el rol de cada uno de nosotros en esta gran orquestra social, que evita juzgar a primera vista y desde códigos y referencias desplazados; vale decir, códigos y referencias de nuestros propios y más directos espacios de interacción que producen este silenciamiento del otro y le quitan con ello su legitimidad de ser. Como psicólogos, formados en el área de las Ciencias Sociales conviene mantenernos siempre con un ojo puesto a la vera del camino, / al borde del pantano, / en la caletera de las autopistas, / En las caletas, debajo de los puentes, / a las cuatro de las mañana en esquinas de dudosa reputación, / entre la canalla, el lumpen, las putas y los prostitutos, / frente al mejor de los mundos posibles, / justo ahí, del otro lado: en la realidad de los hechos. (Miguel Ángel Salinas).

Recuerdo al respecto conmovedoras historias con jóvenes en situación de calle y sus relatos de cómo llegaron a la calle, ya sea viniendo del Norte de Chile buscando a sus padres o siendo recogidos por alguna persona del mismo modo que se recoge cualquier otro ser vivo. Más allá de la crudeza de estos relatos, más allá de lo sórdido de algunos espacios de vida siempre se podía ver el brillo de una persona buscando vínculos, relacionándose con su entorno de una u otra forma, participando en nuestro presente y buscando una salida para sentirse mejor en un espacio en el cual somos partícipes y muchas veces artífices involuntarios de dichas situaciones de pobreza, vulnerabilidad y exclusión. Recuerdo asimismo los sueños de estos jóvenes, sus expectativas y lo difícil que se nos hace a veces poder comprender estos sueños y respetarlos.

Si volvemos al motivo inicial de esta columna, cae de suyo, a mi juicio, la necesidad de liberarse de “la tiranía de los promedios”. Como país hemos heredado de la dictadura una constitución política que distorsionó la esencia de la Salud como un derecho y la transformó en un bien de consumo y relegó al sujeto social a su condición más disminuida: el individuo, vale decir, una persona con el menor lazo social posible. De vuelta a la democracia hicimos lo que pudimos “en la medida de lo posible” y, veinte años después nos encontramos con que la mitad de la población trabajadora del Gran Santiago no se acerca siquiera al promedio de ingresos mensuales del conjunto. Junto con ello, bien sabemos que si calculamos los ingresos per capita de cada miembro familiar la brecha social aumenta a un nivel francamente inhumano. Dado aquello, ¿no será ya hora de pensar de qué modo participamos en las prácticas discursivas que erigen nuestro presente? ¿No debiéramos acaso poner al centro de nuestra práctica profesional a las personas y sus relatos de vida? ¿No será hora de revisitar conceptos tales como la dignidad, la ética o la equidad en nuestro quehacer profesional diario?

¿Qué es la Mentalización?

Fuente: Wikipedia

Mentalización significa en psicología y en psicoanálisis la «capacidad de interpretar el comportamiento propio o el de otros a través de la atribución de estados mentales».1 Aquí no se trata únicamente del comportamiento del otro, sino de las propias ideas acerca de sus creencias, sentimientos, actitudes, deseos, etc, que subyacen a la conducta. De alguna manera, mentalización significa poder “leer en el comportamiento lo que está pasando en la mente de otros”. Así mismo es posible comprender reflexivamente la propia experiencia y el propio actuar. El concepto de mentalización se apoya en la investigación de la Theory of Mind; fue acuñado por Peter Fonagy y Mary Target.

La mentalización presupone un entendimiento de la naturaleza de lo mental. Esto incluye el conocimiento de que la realidad solo está representada (figurada) en la mente, pero que las ideas en general no corresponden exactamente al mundo real.

La capacidad de mentalización comienza a desarrollarse en los primeros meses de vida: En una relación de apego seguro con los principales adultos significativos primarios se lleva a cabo un intercambio social. Esto permite al niño diferenciar cada vez mejor las emociones, entenderlas y controlarlas, así como dirigir su propia atención. En general, la capacidad básica para mentalizar se encuentra formada a partir de la edad de cuatro años. Fuente: Wikipedia

¿Qué ocurre después de terminar el tratamiento de psicoterapia?

Fuente: APA Help Center, 2016 Probablemente, usted visita al médico para hacerse controles periódicos. Puede hacer lo mismo con el psicólogo. Tal vez sea recomendable volver a reunirse con el psicólogo en un par de semanas o un mes después de concluir la psicoterapia, sólo para reportar cómo le va. Si todo marcha bien, podría dar por concluido el tratamiento en esa misma sesión de seguimiento. Además, no piense que la psicoterapia tiene una fase inicial, intermedia y final. Usted puede resolver un problema para luego encontrar una nueva situación en su vida y sentir que las destrezas adquiridas en el último curso de tratamiento necesitan ciertos ajustes. En ese caso, sólo tiene que volver a ponerse en contacto con el psicólogo. Después de todo, ya conoce su historia. Por supuesto, no tiene que esperar a una crisis para ver nuevamente al psicólogo. Tal vez necesite una sesión de “refuerzo” para afianzar lo que aprendió la última vez. Considérelo como una revisión de su salud mental. Fuente: APA Help Center, 2016

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